De profesional en orientación a profesional de orientación, quiero contarte algo:
Durante mucho tiempo creí que mi trabajo era ayudar a elegir una carrera. Tenía los test, las ferias, las listas de universidades y mi mejor cara de "vamos a encontrar lo tuyo". Con el tiempo entendí que los estudiantes que se sentaban frente a mí no llegaban solo con una pregunta. Llegaban con un nudo.
Les cuento tres escenas. Los nombres son inventados y los personajes ilustrativos, pero creo que a todos nos van a sonar familiares.
Camila llega con una tabla de pros y contras impecable de sus opciones de carrera. Mientras la revisamos, comenta casi de pasada que no duerme bien desde que sus compañeras empezaron a compartir sus admisiones internacionales algunas Us con nombres muy prestigiosos. La tabla estaba lista. Lo que le pesaba no cabía en ninguna columna.
Mateo se cruza de brazos y dice que a él todo le da igual. Le pregunto un par de veces más, con calma, y de pronto suelta lo que hay debajo: todos hablan de seguir la pasión, y él no siente ninguna. Está cansado de que le pregunten y de no tener respuesta. Eso que parecía desinterés era frustración, y quizás un poco de vergüenza.
Valeria sabe exactamente qué quiere estudiar, pero repite que sus papás esperan otra cosa. No quiere decepcionarlos, no quiere fallar y no quiere elegir mal. Lo que trae a la oficina no es una duda vocacional. Es miedo.
Tres estudiantes, tres motivos de consulta distintos, y una misma verdad: la elección de carrera es un proceso lleno de emociones complejas. Miedo, presión, comparación, frustración. Nadie las pone en el formulario para solicitar una cita de orientación, pero se sientan con nosotros en cada sesión.
Validar antes que resolver
Aprendí algo que cambió mi forma de trabajar: muchas veces lo primero que necesita un estudiante no es una respuesta, sino que alguien le diga que lo que siente tiene sentido.
Validar no es darle la razón ni quitarle el problema. Es decirle "es lógico que sientas miedo, estás decidiendo algo importante". Es decirle "no eres el único que se compara, y no es una falla tuya". Es quedarnos con la frustración de Mateo un momento antes de correr a mostrarle opciones. Cuando un adolescente se siente comprendido, algo fluye, y recién entonces puede pensar con claridad en lo que quiere.
Cuando esto no ocurre, el estudiante aprende, sin que nadie se lo diga, que sentir miedo o duda es señal de que lo está haciendo mal. Y eso pesa más de lo que parece.
Un rol más grande, pero con límites claros
Hablar de salud mental en orientación no significa convertirnos en psicoterapeutas. No lo somos. Nuestro lugar es otro: escuchar, acompañar, validar, y saber cuándo tender un puente hacia otro profesional. Conocer nuestra ruta de derivación es parte del oficio, no una admisión de límites.
Pero entre "no somos psicoterapeutas" y "esto no es asunto nuestro" hay un espacio enorme. En ese espacio vive la mayor parte de lo que hacemos: crear espacios donde se puede decir "tengo miedo" sin que nadie se asuste, y sostener el proceso para que la decisión no se tome desde la angustia sino desde la calma.
Un gran poder conlleva una gran responsabilidad
Hay algo que rara vez nos decimos en voz alta: los orientadores tenemos más poder del que solemos reconocer. No el poder de decidir por nadie, sino uno más sutil y, quizás, más importante. Somos, muchas veces, el primer adulto fuera de la casa que un adolescente elige para hablar de lo que le da miedo. Esa confianza no se gana con un test vocacional bien aplicado. Se gana escuchando.
Pienso en Camila, en Mateo, en Valeria. Ninguno llegó a mi oficina buscando que le resolviera la vida. Llegaron a probar si ese espacio era seguro. Si lo que iban a decir se iba a tomar en serio o se iba a minimizar con un "eso es normal, ya se te va a pasar". La diferencia entre esas dos respuestas puede parecer pequeña, pero para quien la vive no lo es. Puede ser la diferencia entre sentirse acompañado y sentirse todavía más solo.
Con ese poder viene la responsabilidad de no tratarlo a la ligera. Responsabilidad de escuchar sin apurar la sesión hacia la siguiente pregunta del formulario. Responsabilidad de notar cuando el silencio de un estudiante no es indecisión, sino angustia. Y responsabilidad, también, de reconocer nuestros propios límites: saber que acompañar no es curar, y que a veces el acto más responsable no es tener la respuesta, sino saber a quién más llamar.
No es una responsabilidad que deba asustarnos. Es la misma que asumimos, sin pensarlo demasiado, cada vez que abrimos la puerta de la oficina y le decimos a un estudiante "contame". Es la misma responsabilidad que ahora la nombramos, la hacemos consciente, para no dejarla nunca al azar.
Por eso esta serie no termina aquí, apenas empieza. Porque si algo tienen en común Camila, Mateo, Valeria y cada estudiante que se sienta frente a nosotros, es que confiaron en que este espacio los iba a sostener. Y sostenerlos, con toda la humildad y todo el cuidado que eso exige, es quizás la parte más importante de nuestra profesión.











